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La resistencia de la guerrera

Foto: Ana Schulz
Foto: Ana Schulz

El yoga nos enseña a curar lo que no es necesario soportar, y a soportar lo que no se puede curar.

B.K.S Iyengar

 

Me llamo Cristina y soy practicante de Ashtanga. Antes lo era de Iyengar. Pueden paracer dos disciplinas alejadas, pero en realidad no lo son tanto.

 

Empecé a practicar yoga un poco a ciegas, sin saber bien qué buscaba. Necesitaba moverme y recuperar esos espacios que la maternidad te pide prestados por un tiempo, especialmente al principio. Así que mis necesidades principales eran practicar cerca de casa y en horarios cómodos. Nada más.

 

El centro cívico que está al final de mi calle me ofrecía lo que buscaba, así que empecé.

 

Me sorprendió no encontrar a una chica joven y dinámica, sino a una señora mayor de pelo rojo, mirada viva y severa. Era Anna. Con los días me di cuenta de que su severidad era profundamente amorosa y de que yoga era para ella una manera de dar.

 

Las clases de Iyengar son lentas, repetitivas, a veces aburridas. Aún así, pasé con Anna 4 años, creo, dos veces por semana. Lentamente entré en la práctica, mi cuerpo empezó a cambiar y disfrutaba enormemente de un espacio tremendamente inclusivo. A mi lado practicaban abuelitas con problemas de movilidad, mujeres embarazadas, postadolescentes que no saben lo que son capaces de hacer con su cuerpo y mujeres como yo, que disfrutábamos de un espacio común.

 

Anna insistía en los guerreros, "más abajo, la pierna de atrás, esos brazos". La recuerdo pasando y golpeando nuestras manos para comprobar cómo estaban. El guerrero era un reto, físico y emocional. Lo aborrecí tanto que acabó por convertirse en mi postura preferida.

 

Un otoño, hace ya cuatro años, Anna nos dijo que tenía cáncer de hígado. Nunca habló de estar enferma, tenía cáncer. Ella ahora era así, su realidad había cambiado y había que vivir con ello. Mientras seguí con ella, nunca dejó la esterilla, seguía dando clases y asistiendo al centro Iyengar a recibirlas. Programaba sus sesiones de quimioterapia los días que no tenía clase. Si estaba cansada nunca lo sabías. Seguía insistiendo en los guerreros.

 

Esta semana se ha ido, como una guerrera, tenía que volver a su curso el martes, pero su cuerpo decidió que hasta allí estaba bien, que ya era suficiente.

 

Hace casi dos años que no la veía. Un día dejé de ir a sus clases, que me habían enseñado a amar el yoga, porque mi momento allí había terminado. Nunca volví a saludarla, porque nunca me ha gustado despedirme de la gente y porque sé que ella sabía.

 

Siempre es triste despedir a los amigos, pero me llena de felicidad haberla conocido. Sin ella no habría llegado nunca a Soham ni a tantos y tantos aspectos del yoga que trascienden el cuerpo. Que esta sea mi despedida, en mi práctica siempre habrá un rinconcito para ella.

 

Christina Bartolomé – Alumna de Soham Yoga (Barcelona/Gracia)

Carrer de l'Alzina, 5

Barcelona 08024

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